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(continuación)

III.- FR. GUILLERMO DE SANTA MARIA Y LA GUERRA CHICHIMECA

Este nombre Chichimeca es genérico,
puesto por los mexicanos en ignominia
a todos los indios que andan vagos,
sin tener casa, ni sementera
(1). 

Fr. Guillermo de Santa María, desde la trinchera del trabajo socio-religioso, en su: Relación de la Guerra Chichimeca (1574?), documento que se puede situar en torno a las juntas de teólogos que había convocado el virrey Don Martín Enríquez, aprovecha la oportunidad para hacer notar la iniquidad de la guerra como medio para lograr la civilización y por ende la paz de los pueblos.

Este fraile remonta el pensamiento de Veracruz, y reconoce que el territorio donde viven los Chichimecas, no son tierras baldías que nunca han tenido dueño, ni por lo mismo se les puede ver como una excepción, al considerarlas como otorgadas al primer ocupante, sin necesidad de la autorización de alguno; porque precisamente la colonización española que se iba extendiendo cada vez más al norte, los tiene: turbados y escandalizados y se defienden y offenden con matanza y destruición de los ganados y haziendas, a fin de los echar de la tierra o impedir que no les captiven sus mugeres e hijos, que por esto principalmente an lebantado tanta guerra, y porque el ganado les destruye sus ciudades, viñas y olivares, que son sus rancherías, tunas y mezquitales.

Esta óptica debe tenerse siempre presente, en su argumentación sobre la justicia de la guerra que se hace a estos nómadas. Distingue entre la guerra que se hizo para la conquista de las Indias, y la que se hace en contra de los Chichimecas para asegurar los caminos y castigar sus culpas. Esta segunda, a su vez, la divide en dos clases muy diferentes: Una la guerra que se hace a los pacíficos, y otra la que se dirige a los dañinos (25).

A los pacíficos, ¿Se les puede hacer la guerra, cautivarlos y vender su servicio? Reconoce que a los mismos Moros, mahometanos, si no persiguieran a los cristianos, no se les podría hacer la guerra. Ni fue la intención del Virrey, Oidores y Teólogos que dieron su parecer, que se les haga la guerra a estos pacíficos, que andando el tiempo pueden ser provechosos; por lo cual esta práctica es ilícita, prueba de ello es el cargo de conciencia que confiesan los mismos soldados que los cautivan. En consecuencia, quienes los han apresado, quienes se sirven de ellos, y hasta el juez civil y el confesor que lo toleran y no lo remedian, para que vuelvan a sus tierras y recobren su libertad, y de no ser posible que sirvan por su propia voluntad y reciban su paga; estos tales tienen cargo de conciencia (26).

Pasa a describir una breve historia de la evangelización de los Chichimecas, y de como empezaron los ataques, crueldades, y modos de represión. Por lo que concluye que a los dañinos, se les hace la guerra justamente (41), porque se ha hecho para defenderse, e impedir sus daños, quemas, muertes y robos (42). Se les castiga por sus muchos delitos: Apóstatas de la ley cristiana que prometieron, puesto que se bautizaron y tienen y usan sus nombres cristianos. Rebeldes a la obediencia al Rey, pues sus jefes fueron recibidos como ministros de justicia y rebeldes como andan usan sus varas de alguaciles (43). Sacrílegos, que han dado muerte a frailes, clérigos y herido a muchas personas eclesiásticas, derribado y quemado iglesias, usando mal de los vasos y ornamentos sagrados (44). Incendiarios, que han quemado y destruido pueblos y estancias (45). Homicidas y ladrones, salteadores de caminos y abigeos, que se mantienen y han mantenido de ello (46-47). Por todas estas causas, que no han menester trabajo para probarlas, se concluye que es justa la guerra que se les hace, como lo aseguraron los frailes teólogos de las tres Ordenes convocados en octubre de 1569 (48).

Pero para que una guerra sea justa, se requiere autoridad del Príncipe, lo cual existe puesto que el Virrey es a la vez Capitán General (49). La recta intención, bien se entiende y ve claro, puesto que el fin que la autoridad persigue es el bien de la paz, la seguridad de los caminos, su quietud, conversión, y apartarlos de su mal vivir (50).

En contra, existe sin embargo una grave objeción: El modo como se ha llevado la guerra (50), se opone a la recta intención. Lo cual se prueba con hechos: primeramente, porque a los soldados se da, en lugar de su salario, el premio de la servidumbre de los Indígenas que capturen, lo cual es un delito, como lo es hacerse soldado para saquear (51). En segundo lugar, este inconveniente ha traído uno mayor, que con ese pretexto los soldados no capturan a los Indígenas dañinos, los cuales siempre andan sobre aviso, sino a los pacíficos, que ningún daño han hecho ni tienen de qué temer (52); y se siguen otros, pues para no quedar gastados, capitanes y soldados, puesto que van a sus expensas, sin otra esperanza de premio que la presa, el deseo y la codicia de llegar a ser ricos, hace que hagan muchos engaños ilícitos (53). Una consecuencia grave con los cautivos es que apartan a los maridos de sus mujeres y a los padres de sus hijos, porque ninguno captura una familia completa, o no la puede vender unida, así se dividen y nunca se asientan y siempre procuran huirse y vuelven peores (54).

Una duda surge ¿Se podrá considerar a estos cautivos como esclavos de guerra? (55) Para responder constata en todos los derechos: divino, canónico y civil, donde se ve que pocas naciones existen que no tengan y usen de esclavos, Abraham tuvo esclavos, y Moisés lo prescribió en la ley, y aparece en el derecho canónico, lo que demuestra que es por derecho de gentes (56). Los modos como los hombres se pueden convertir en esclavos son cuatro: Por derecho de guerra, por sentencia de juez, por contrato de venta, y por nacer de padres, más bien de madre esclava (57). Otra manera que se puede dar en estos Indígenas es que, cuando algunos de nosotros vamos a ellos y le hacen esclavo, viceversa el que a nuestro poder viniere puede ser hecho esclavo (58).

Ninguna de estas condiciones se cumple en los Chichimecas, por lo que no pueden ser esclavizados, ni pueden venderse sus servicios:

a) No por derecho de guerra, esta forma será justa si la guerra lo es, porque la palabra siervo no viene de servir, sino de reservar, habiéndolo podido matar lo guarda para si. Pero entre cristianos los prisioneros de guerra no pueden hacerse esclavos, conforme lo aseguran todos los teólogos; cuando mucho los pueden tener presos mientras se concrete la paz, o los rescaten por dinero; y en efecto al principio de la guerra no se permitía vender este servicio, sino que a los cautivos los mantenían en depósito, esperando que optaran por la paz y pudieran volverlos a su libertad; por lo que está en duda que a los Chichimecas bautizados se les pueda esclavizar (59), lo cual reitera en (67) y añade, que como en efecto lo son, tiene mucho escrúpulo el darlos en precio a los soldados, sólo el fisco podría aprovecharse de ellos.

b) No por sentencia de juez, competente y que tenga poder, además de la culpa necesaria que merezca tal pena; porque aunque una comunidad peque, no a todos se les debe castigar. Además de que por las leyes nuevas se les prohibe a todos los jueces por que dicten una sentencia así (60). ¿Se pueden considerar esclavos los condenados a servicios temporales? Si ser esclavo es servir contra su voluntad y sin premio, si; puesto que los hierros o señales en la cara, sólo sirven para que sean conocidos como tales, y a los Chichimecas no se les señala la cara (61). ¿Se les podría imponer una pena temporal a trabajos forzados? Si, en obras públicas, no en provecho de particulares. ¿El estado puede vender a particulares tal servicio? No, porque un trabajo forzado sólo se puede imponer en beneficio de la comunidad, a través de las obras públicas (63).

c) No por contrato de venta, es decir que él mismo se venda o su padre lo haga, para esto se requiere precio justo, libertad para hacerlo, sin engaños, ni por la fuerza, pero esto va contra la caridad cristiana, que se permita a un hombre que por necesidad se venda a sí mismo o a su hijo, sin que se le remedie su problema de otra manera. Si fuera por vicio, una apuesta, o para pagar un robo, no sería ilícito tal contrato. Sólo que nada de esto atañe a los Chichimecas (64).

d) No por nacimiento, porque ni son, ni nunca han sido esclavos (65).

Ahora bien, estos esclavos, con excepción de los que se vendieron bajo contrato, y sobre todo los cristianos presos por otros cristianos, lícitamente y sin pecado pueden huirse, al fin y al cabo que si vuelven a capturarlos no estarán en peor condición (75).

Prosigue tratando los engaños a los Chichimecas en la guerra. Situándonos en la realidad de la misma: No se puede pelear con ellos en batalla descubierta, porque siempre andan escondiéndose en sierras y quebradas, y para poderlos prender se procura hacerlo con engaños (68). ¿Se puede engañar al enemigo en la guerra? Ve dos posibilidades: para defenderse o para atacarlo.

a) En defensa propia es lícito, pues si se puede herir o matar a quien me quiere ofender, con mayor razón se le podrá engañar (69).

b) Para atacar se debe distinguir: 1) Engañar con hechos o estratagemas, diciendo o haciendo al contrario de lo que se pretende, fingiendo ir a una parte y dar en otra, mostrar huir, etc., esto es lícito y aún necesario en la guerra, y no es injusto (70).

2) Engañar con palabras, lo cual tiene dos opciones: Engañar con palabras comunes que equivalen a un estratagema, diciendo una cosa y no tener voluntad de hacerla, disimular para que el enemigo no entienda los verdaderos designios, así no se quebranta ningún pacto de fidelidad; pone como ejemplo un pasaje del libro de los reyes [IV Re 10, 18-19], utilizado por San Jerónimo, donde Jehú convocó a los fieles de Baal para que sacrificaran a su dios y teniéndolos juntos los mató (71). Esto lo obliga a aclarar que a los Chichimecas no se les puede llamar a la iglesia a misa y a la doctrina, y allí prenderlos; porque la diferencia es mucha, es engañarlos con mi religión o con la suya, si Jehú los hubiera engañado viniendo a sacrificar al Dios verdadero, no hubiera sido alabado por San Jerónimo (72). Pero engañar con palabras de seguridad y salvoconducto, lo cual se ha efectuado con estos Chichimecas, pidiéndoles que bajen de la sierra con promesa de perdón y habiéndoselo dado por escrito, pedirles que se junten en pueblos y señalarles el sitio, llamarlos a la iglesia para que vean la misa y escuchen la doctrina, pedirles gente que los ayude contra otros Chichimecas, y cuando llegan los prenden y los hacen esclavos; que todo esto se ha efectuado, se falta a la fidelidad prometida, siendo por tanto ilícito, y sin pecado no se puede hacer; porque la palabra dada se debe guardar aún con los enemigos. Ninguno puede quebrantar su palabra si primero no lo hace el enemigo; y no porque estos pueblos sean inconstantes, se les puede quebrantar lo prometido antes que ellos lo quebranten. Prometida la paz, no hay razón ni justicia, para que con tal seguro puedan apresarlos o castigarlos con muerte, mutilaciones o esclavitud (73).

A modo de conclusión, trata sobre los medios que necesitarían aplicarse para la pacificación de los Chichimecas, donde debe existir una recta intención, que tenderá hacia un sólo objetivo: la paz, la cual es el fin de toda guerra. En consecuencia querer aplicar medidas drásticas, como tratar de acabar con estos pueblos sin que quede alguno, pudiéndolo hacer, lo cual yo tengo por imposible, va contra la justicia y no se puede dejar la tierra yerma y despoblada. Pone el ejemplo del castigo ordenado en Tesalónica por el emperador Teodosio, y la penitencia que le impuso San Ambrosio (76).

Como estos pueblos se salen de los usos comunes, puesto que por no tener ciudades no se les puede vigilar con guarniciones (77); la solución tendrá que ser distinta: Se les debe establecer en tierra llana, adoctrinarlos en la ley de Dios y en las buenas costumbres, dándoles todos los medios posibles para que se consigan estos fines, como: Proveerlos de las cosas necesarias para el sustento de la vida humana, comer y vestir, hasta que lo sepan adquirir, y bastaría por solo un año. Porque no se puede obligar al Indígena a que viva en un páramo, donde no tenga con qué sustentarse, por necesidad tendrá que buscar la comida donde la encuentre. Una prueba de que pueden adaptarse a las costumbres españolas es que cuando se ven desnudos sienten vergüenza y huyen de ellos, lo que no ocurre entre ellos. También sería necesario tener: quien les muestre a cultivar la tierra y otros oficios mecánicos, como olleros, carpinteros, albañiles, y quien muestre a sus mujeres a hacer pan o tortillas, y hilar y tejer, porque ni ellos ni ellas, ningunas cosas de éstas hacen, ni saben hacer. Compelerlos a que hagan casas y que vivan y duerman en ellas, y desusarlos de sus comidas silvestres, porque sin duda estas cosas son las que los afieran y hacen tan brutos. Enseñarles a mantener justicia y a castigar delitos, y que ellos entre sí mismos lo hagan. Que, cierto, ejercitándose en estas cosas no hay duda, sino que dejen de robar y asienten en mejor modo de vivir, que es el que se les da (78). En esto sin duda se extralimitaba la esperanza del fraile, pues para que el nómada se torne sedentario, se requiere toda una transformación de vida, que no se puede dar de la noche a la mañana, sino hasta que se pruebe, apruebe y compruebe que esa nueva experiencia vital es válida. Sabe que a muchos no les convencerá esta proposición (79), pero hasta las fieras se domestican. Porque tal como ahora se lleva la guerra, jamás se conseguirá el fin de asentarlos y quietarlos (80).

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