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Discurso Inaugural

Visita a las Naciones Unidas

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CAPÍTULO GENERAL INTERMEDIO

Villanova ’98

 

Homilía del Viernes 31 de Julio de 1998

Eucaristía de Clausura

John E. Deegan OSA


Jer. 26, 1-9

"....Levántate en el atrio de la Casa del Señor y habla a todo el pueblo....aquello que te mando, díselo y no omitas nada.

Cuando estamos concluyendo nuestro Capítulo General Intermedio y nos preparamos para regresar a nuestras respectivas provincias, es conveniente sentir el eco de la voz del profeta Jeremías en nuestros oídos. Sin omitir nada, ni importarnos las consecuencias, necesitamos proclamar claramente, como las voces proféticas, el evangelio del amor, la justicia y la paz allí donde estamos. Y es con esta esperanza con la que pedimos a Dios que nos dé el coraje para reavivar el fuego de Su amor en nuestros corazones, en nuestras comunidades y en nuestro colaborar llenos de fe con nuestros hermanos y hermanas en el Señor.

Como hemos escuchado en la lectura, Jeremías habló las palabras del Señor y el pueblo rechazó su mensaje y quiso matarle. Siglos más tarde Jesús habló en su sinagoga nativa y el pueblo rechazó Su mensaje, llevándolo, finalmente, a la muerte.

Misa de Clausura

Preside la Misa de Clausura

Hoy, como seguidores de Jesús y agustinos encontramos un mundo confuso y a la busca de sentido, más un mundo que es perezoso para oír y aceptar los valores evangélicos sobre la dignidad de la vida, la igualdad de todos, el compasivo perdón de las ofensas y el regalo vital que supone el amor.

Como nuestros documentos subrayan, nuestra necesidad más urgente como Agustinos es la creación de una vida estable en común que comparta obediencia al evangelio. Ahora es la ocasión de revitalizar nuestra vida común, de descubrir de nuevo porqué vivimos juntos en comunidad bajo los votos de pobreza, castidad y obediencia. Nuestra vida común tiene un mensaje profético. La mejor prueba de la profecía de nuestro mensaje es profético es la conformidad entre la profecía proclamada y la profecía de nuestra propia vida. La Regla de S. Agustín sugiere la impronta profética de nuestra vida: Amar a Dios y al prójimo. Esto es el corazón del evangelio.

Cuando llegamos a las vísperas de un nuevo milenio, debemos dejar a un lado dudas y temores y acoger con fuerza las posibilidades de este momento histórico lleno de gracia. Si somos verdaderos profetas, si nuestra vida en común ha de ser signo para todos los pueblos, debemos darnos la mano y dársela a nuestros hermanos y hermanas bautizados en el Señor y formar una verdadera asociación al servicio de la Iglesia. Una asociación de iguales que reconocen los signos de los tiempos, una asociación que no tiene miedo de ver a la mujer en nuevas tareas y puestos de liderazgo como signo de la creación continua de Dios que trabaja en nuestro hoy. Debemos formar un grupo que acrecienta su interés por la espiritualidad y el ambiente y ve la conexión entre meditación, espiritualidad y preocupación social. Debemos formar una asociación que tenga sentido de la solidaridad con aquellos que tienen el riesgo de ser marginados: los pobres, nuevos inmigrantes, mujeres, víctimas de prejuicios por razón de su edad, sexo, tendencia sexual, color o minusvalía. Una asociación dedicada a trasformar este momento histórico en un tiempo lleno de gracia, y de apertura a la verdad, .cuando liberados del miedo, la envidia y los celos nos abramos al Espíritu de Dios y vayamos libremente hacía el futuro incierto con una gran esperanza en nuestras posibilidades, sabiendo que Dios está con nosotros en todo los que hacemos.

Misa de Clausura en la Capilla de la Universidad

La Misa de Clausura en la Capilla de la Universidad de Villanova

Mi oración por todos nosotros, al dejar atrás este Capítulo, es para que seamos voces proféticas para nuestros hermanos y hermanas. Dando gracias por el amor de Dios que se preocupa de todos nosotros, que nos permite no tener miedo porque Dios está con nosotros. Nuestra esperanza y confianza deben de estar en Dios, sabiendo que con Dios podemos hacer lo imposible, lo inimaginable, lo impredecible. Verdaderamente creo que Dios quiere a los Agustinos para ser luz de la naciones para que la salvación de Dios pueda alcanzar hasta los confines de la tierra . Tenemos muchas y maravillosas cosas por hacer. En Dios, por Dios y con Dios grandes cosas se cumplirán. Como dice S. Agustín:

¿Anheláis el saludo de Cristo sentado en los cielos? Atendedle en los que descansan bajo los puentes, atendedle en los hambrientos, atendedle en los ateridos de frío, atendedle en los necesitados, atendedle en los extrajeros. Hazlo, si ya lo haces; hazlo, si no lo haces. Si aumentas en el conocimiento de la doctrina cristiana que aumenten también tus buenas obras. Reza al sembrador, preséntale tu cosecha. (Ser. 25,8).