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Encuentro Continental de Educadores
La Cultura de la Paz


MEDIO AMBIENTE Y CULTURA DE PAZ

(segunda parte)

3. LA EXPERIENCIA DE DIOS

Subjetividad e interioridad

A medida que el mundo evoluciona se va haciendo más complejo. De la complejidad pasa a la interioridad, desde la interioridad crece la consciencia, y desde la consciencia se va haciendo autoconsciente. Todo interactúa, todo se relaciona con todo. El cosmos tiene su propia subjetividad, enriquece su vida interior. También él es espiritual. Sumergirse en la comunión solidaria con este universo saturado de energía, con la dinámica de este mundo permanentemente transfigurado es entrar en la senda de una ecología interior. El cosmos, más que un agregado informe de elementos materiales, es una comunión de sujetos que establecen lazos de intimidad, de sensibilidad, de solidaridad, de reciprocidad, de acogida y confianza.

Pero el Dios misterio, lo transcendental absoluto, se va reconociendo en el interior ("Más interior a mí que yo mismo" (San Agustín, Confesiones 3,6,11)), donde yace el principio de la unidad, el centro del universo. Dios y hombre se funde en uno solo.

Paradójicamente lo que más nos transciende es lo más cercano, lo más interior. .

Pertenecemos a un cosmos viviente

"En el principio Dios creó la Esencia Viviente" (Gen 1,1). A partir de la versión griega de Los Setenta, una corriente bíblica traduce así el primer versículo de la Biblia. Viene bien a este propósito: Dios creó primero la Esencia Viviente y, después, el Cielo y la Tierra. La Vida es la energía transformadora que a lo largo de los seis días de la creación va desencadenando un proceso hacia la maduración de la conciencia cósmica que vuelve a su punto original, el Creador. La materia deja de ser algo inerte inanimado, vacío, está llena de Vida desde el estallido del primer big-ban, en una complejidad desbordante y creciente en progresión geométrica. Gravitons, topquarks, quarks, electrones y átomos van enriqueciendo un trenzado de relaciones y sensibilidades cuya culminación última es la conciencia humana (Claro: 230).

De ahí que el ser humano no sea distinto al cosmos: es su plenitud y conciencia. Nuestro corazón y nuestro cerebro, con sus pasiones y miserias, son el resultado de una concatenación de estas sensibilidades desarrolladas, de este ancho cauce de vida que todo lo invade.

El espacio, el paisaje, la inmensidad del cielo estrellado en el silencio de la noche, los miles de supernovas que nos llegan cada despertar, la esplendorosa diversidad de vida que nos circunda, el sol, el agua, las plantas y los animales, no son escenarios inertes y pasivos, neutrales ante el drama del hombre, ajenos a sus luchas y desvelos. Son parte solidaria del tiempo, de nuestro tiempo, de nuestros sueños y utopías. No cantamos al entorno porque sea bello. Todo forma parte de nuestro ser desde el principio unitario de la explosión primera. Desde la creación de la Esencia Viviente (Boff,58-3).

Ilia Prigogine ha mostrado cómo los sistemas abiertos, cuestionan el sentido clásico del tiempo lineal (Nicolis-Prigogine: 290). El tiempo no es un mero parámetro del movimiento interno de un mundo en permanente transformación; es el paso de niveles de desequilibrio a niveles de equilibrio. A partir de aquí la Naturaleza, incluyendo al hombre, se presenta como un proceso de autotranscendencia, que va más allá de la historia (transhistórico) y de lo físico (transfísico). Se da en ella un principio de cosmogénesis mediante el cual en la medida que los seres aumentan su complejidad van abriéndose, superando la entropía de los sistemas cerrados. La fuerza de todas las religiones está precisamente en su intencionalidad hacia lo transcendente absoluto, que tiende a un futuro de "una tierra sin mal", fusión de tiempo y eternidad que sea la realización suprema de la armonía de la vida, del hombre con el cosmos (Boff:1995, 44). Es así como cobra sentido pleno aquella máxima evangélica del Sermón del Monte: "Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia" (Mt 5,5). (Nicolis y Prigogine: 71-113)

Nos percatamos asombrados de lo que ha significado a lo largo de la historia el dualismo maniqueo: espíritu y materia, alma y cuerpo, tierra y cielo, buenos y malos, cielo e infierno, civilización-barbarie, paganos y cristianos, izquierdas y derechas, Este y Oeste, Norte-Sur, hombre-mujer. De hecho la reproducción en cadena del antropocentrismo termina en la exclusión del sexo femenino en la misma concepción de la cosmogénesis.

Cuando miramos al otro y su mundo como inferior, terminaremos convirtiéndolo en objeto justificatorio de nuestra acción civilizadora o evangelizadora, reproducimos la actitud del colonizador. He aquí uno de los posibles sentidos de "misión", ya sea religiosa, educativa o tecnológica. Cuando vemos el espacio viviente como objeto de ocupación o invasión; cuando pretendemos avasallarlo y manipularlo para satisfacer nuestros apetitos y ansiedades, estamos destruyéndonos, víctimas de nuestro pecado. No respetamos al otro y a lo otro por sí mismo, sino para aliviar nuestros instintos irrefrenables como un organismo viviente único que aspira a la plenitud aprovechándome con cálculo perverso de los demás.

El universo entero está en mí, en todos sus elementos, incluso los aparentemente más inertes. ?Cómo podemos destruirnos, agazapados en el tumulto de la sociedad global, sin ser capaces de conocer la influencia de las estrellas y los astros en la conformación de la biosfera, en el oxígeno que llena nuestros pulmones, en la luz, en la humedad que empapa nuestra atmósfera, en los ciclos de las lluvias? Nos pertenecemos, nos debemos, somos el mismo organismo. Solamente la solidaridad cósmica salvará el Planeta. Sólo el amor, versión cristiana de la holística, llevará el universo a su plenitud escatológica.

Complejidad, identidad y complementariedad

¿Cómo tendremos que vivir desde una profunda actitud religiosa el cambio de nuestra visión universal? La Ecología como tal es un corsé que nos ahoga, nos limita y nos cierra el horizonte si no la entendemos más allá del conservacionismo o de su dimensión social. Tiene que estar ensamblada en el ámbito de una espiritualidad macroecuménica que comprenda la totalidad del universo.

1. La madurez y la libertad en la afirmación de la identidad propia desde el género, la cultura, la fe religiosa y la condición social.

2. La escucha contemplativa del Dios de la Vida que sigue revelándose a través de una creación, y la pasión por su proyecto de plenitud, equidad y justicia.

3. La apertura fraterno-sororal a todas las personas desde sus propias culturas y religiones, y el diálogo sincero, crítico y autocrítico, en pie de igualdad.

4. La sensibilidad misericordiosa y la solidaridad eficaz frente a toda situación de marginación y muerte.

5. La celebración, gratuita y esperanzada del Dios de la Vida, de la Vida de la Humanidad y de la Vida de la tierra y el cosmos, hoy amenazada.

Desde esta visión abierta, entendemos lo que significa el ecumenismo, nuestra mirada a los otros, a otras religiones y al cosmos viviente, cuyo tiempo florece a cada segundo. Es el retorno de la diversidad y la complejidad a la unidad en la comunión.

Los gritos de las criaturas, evidencias de Dios.

"Dios calla, pero hablan sus obras" (San Agustín, Sermón 313). Nuestra experiencia interior nos lleva a mirar con asombro a las criaturas y a ver en ellas, como en nosotros, el reflejo y las huellas del paso de la Divinidad. La Creación es una explosiva teofanía en permanente crecimiento, un rutilante espectáculo de luz y sonido, que nos deslumbra, nos llama. Pero el asombro mayor, que nos lleva a sentirnos una insignificante partícula del universo creado, tiene que desarrollarse y transformarse de fuera hacia dentro, desde nuestra vida a Dios. "No vayas fuera. En tu interior mora la verdad. Y, si te encuentras que eres mutable y pasajero, transciéndete también" (San Agustín, De Vera Religione, 39, 72). No se trata de una admiración estética de lo exterior, sino de un camino que nos lleva a transcendernos hacia el secreto del alma, incluyendo la infinita diversidad en que estamos envueltos.

La libertad en el amor y la paz

De esta mirada al mundo y a la Vida fluye una actitud de equilibrio interior, de paz inagotable, cuyas rasgos podríamos resumir así:

1. Un sentimiento de libertad en el amor que incluye a cada hombre, a cada ser creado, a cada mínima cosa que integra el universo. La madurez va desarro-llándose en nuestras vidas en la medida que salimos de nosotros y nos abrimos a los demás. La libertad es el fruto primero de esta fusión. Todo es bueno; el mal es simplemente la ausencia de bien.

2. Una profunda y respetuosa sensibilidad, misericordiosa con la tierra que sufre, con el hombre pobre que padece hambre o delinque, tanto el que reniega de la vida como el que canta vibrante de esperanza a la luz y la energía que todo lo invade.

3. La confianza en todo y en todos, el optimismo ilimitado en el destino final de la tierra y de los hombres; la conciencia asertiva y confiada en que somos parte de un universo que crece, a veces muy a nuestro pesar, por la energía viviente desde el hecho creador. La tristeza del pesimista entristece al cosmos. Nuestra alegría lo rejuvenece, lo hace sonreir.

4. Capacidad de escucha paciente y contemplativa que provoque en nosotros un sentimiento de gratuidad, de desprendimiento, de ir haciendo valer en nosotros el ser y la vida sobre el poseer y la muerte. Vivir el apacible tiempo circular, donde todo vuelve, e ir desprendiéndonos de la angustia de la linealidad de la historia, que se enfrenta con el muro negro de la muerte.

La sensibilidad y la erótica

"¿De dónde nace la fascinación que San Francisco de Asís ejerció sobre su tiempo y que alcanza a los tiempos posteriores hasta los días actuales?", se pregunta Boff. Y responde: "...El principal, aquel que inaugura un nuevo paradigma de vivencia de la utopía cristiana, es el rescate de los derechos del corazón, la centralidad del sentimiento y la importancia de la ternura en las relaciones humanas y cósmicas". ( Boff: 1995, 316 ss).

El eros, según Freud, es el último fondo del deseo humano, la raíz de todas las pasiones. Francisco fue un apasionado. Apasionadamente vivió su comunión con el mundo, vivió su fraternidad con las criaturas, vivió fascinado por Cristo Crucificado, vivió hondamente, desde el corazón, cuanto impulsó la vida. El corazón es una expresión simbólica del eros. Convivir, sentir, consentir, oler, tocar, compadecerse, llorar, reir con las cosas y las gentes es una expresión plena de nuestra comunión. La cortesía, el afecto demostrado, le llevan a sentir la relación con Jesús resaltando la dimensión de la misericordia y la compasión; con Clara, compañera de camino en la experiencia espiritual, la ternura; con los hermanos, a quienes invita a ser "madres los unos de los otros", la sensibilidad paciente; para con los elementos de la naturaleza, a quienes llama hermanos y hermanas, la dulzura.

El drama del hombre contemporáneo es la desvirtuación egoísta del eros, y su desplazamiento compulsivo hacia lo edonista, que le deja siempre vacío. El cuerpo es parte de la persona, de su afecto, de su pasión, de su sexualidad, pero también fuente de paz, de equilibrio, de armonía con el entorno, de dignificación. Es preciso trabajar más el valor de la sexualidad como fuente de fecundidad creadora, y las relaciones entre afecto, reconciliación y vinculación con la tierra.

¿Que cosa existe sino porque tú eres? (San Agustín, Conf. 11,5).

Dios no es la criatura, ni la criatura es Dios. Uno y otra son diversos. Todo no es Dios, pero Dios, la Vida de la Vida está en todo. Este panenteísmo, contrario al panteísmo, es una actitud donde asumimos que la divinidad es la realidad en su sentido más totalizante, pero que la creación es fruto de su gratuidad desbordante. La nueva alianza encuentra sus raíces en el abismo de la mente humana. Ella como expresión y conciencia del cosmos es el punto de partida para recuperar el eslabón perdido en la cadena de los seres. Esta cadena está anclada en lo sagrado, en Dios, principio de la autoorganización del universo. Aquí encuentra la tierra los argumentos de su dignidad. Cuando Pablo llega al Areópago de Atenas y comprueba que han dedicado monumentos a cada una de sus divinidades, halla una lápida dedicada "Al Dios Desconocido". Y les dice: "Hombres de Atenas, veo que son ustedes hombres sumamente religiosos. Porque, al recorrer la ciudad y contemplar sus monumentos sagrados he encontrado también un altar en el que está grabada esta inscripción: "Al Dios desconocido". Ahora bien, lo que adoran sin conocer, vengo a anunciárselo. El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en El, siendo Señor del cielo y de la tierra, no vive en santuarios fabricados por hombres. Y su culto tampoco requiere objetos salidos de la mano del hombre, como si él necesitara algo. Pues él da a todos la vida, el aliento y todo lo demás. De una misma sangre hizo toda la raza humana, para establecerla sobre toda la faz de la tierra, y determinó el tiempo y los límites del lugar donde cada pueblo había de habitar... En realidad Dios no está lejos de cada uno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos, como algunos de sus poetas dijeron: "Somos de la raza del mismo Dios" (He 17, 16-28).

Hablar de la dimensión mágica de la relación con el hábitat equivale a señalar un lugar de excepcional privilegio para una experiencia espiritual profunda, donde es posible la fusión con ecosistemas de excepcionales condiciones paisajísticas y, por lo tanto, donde la fuerza de la visión mística viene a ser casi connatural. Por algo los viejos cenobios y monasterios de vida contemplativa estaban levantados en lugares de belleza deslumbrante: silenciosos valles cubiertos de bosques y quebradas, alturas inaccesibles que ponían en contacto con el cielo ancho y azul donde soplaba como hablando el viento, o el corazón mismo de los desiertos ("desierto" se dice hoy a jornadas de silencio), o las remotas islas que miran siempre al mar. Los grandes místicos de todas las religiones estuvieron estrechamente vinculados a la tierra, al espacio, donde se mostraba más notoriamente el Ser Supremo.

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