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Homilia 11 de septiembre


Al comenzar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII, lanzaba un reto que hoy sigue siendo actual: “Para que nuestra doctrina (La Buena Nueva de Salvación) alcance los múltiples campos de la actividad humana relacionados con los individuos, la familia y la sociedad, es necesario, en primer lugar, que no perdamos nunca de vista el sagrado patrimonio de la verdad. Pero, al mismo tiempo, es necesario que mire también a los tiempos actuales, que han traído situaciones nuevas, formas de vivir nuevas que han abierto a nuestro apostolado nuevos caminos” [1].

Hay que mirar al tiempo actual y reconocer en él los designios de Dios. Este paso es importante porque es en este mundo, nuestro mundo, donde tenemos que ser anunciadores y testigos. Tenemos que anunciar a Cristo aquí y ahora, sabiendo que es este el tiempo propicio para nosotros. Es necesario que tomemos en peso la vocación que hemos recibido, nuestra misión. Hemos sido enviados al mundo como sal que sazona y luz que ilumina, pero que sazona con el sabor de Cristo, e ilumina con la luz de Cristo ( Cfr. Mt 5, 13-16) 

Por eso, un primer paso será mirar a nuestro mundo, porque en él, con sus características, contradicciones, progresos… tenemos que vivir el encuentro con aquel que nos llama y envía a escrutar a fondo los signos de los tiempos, de nuestra época, e interpretarlos a la luz del evangelio (Cfr. GS 4); a discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos los verdaderos signos de la presencia o los planes de Dios (Cfr. GS 11). 

En el contexto de un mundo pragmático, que busca la diversión, que anula el proyecto de vida, que suprime a Dios de su horizonte, se constata, ciertamente, la insignificancia de la predicación cristiana. Cuando  se evidencia que los parámetros de vida cristiana van perdiendo protagonismo en nuestras culturas, que parecen ensalzar a todo el que triunfa en la vida aún a costa de saltarse valores y principios fundamentales y se califica de ilusos, irreales y fantasmales los contenidos de fe,  nuestra misión se hace apremiante, porque no hay nada humano que no resuene en el corazón de aquellos que se configuran con el Corazón de Cristo, indicándonos el desafío que continuamente tenemos delante: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15). 

¿Cómo proponer este mensaje de salvación para que sea creíble en un mundo que fundamenta su ser y quehacer en meras filosofías y estériles especulaciones fundadas en tradiciones meramente humanas?

  No podemos cambiar el mensaje cristiano, pero quizá tengamos que renovar nuestra vida cristiana a partir de su fundamento para proponerlo de un modo nuevo. El gozo y la esperanza, la tristeza y angustia de nuestro mundo de hoy nos obliga y conducen al cristianismo a pensar en si mismo, no porque haya que modificarlo, pero sí porque tiene que plantearse cómo responder a las inquietudes de nuestros contemporáneos , o cómo hacer nacer las inquietudes cuando éstas no existen. El anuncio no puede alterar el contenido de nuestra fe, no puede cambiar la Revelación – porque no podemos convertirnos en esos falsos profetas que anunciando sólo lo que el pueblo quiere oír causan su muerte, haciéndoles perder de vista el único horizonte de salvación propuesto por Aquel Hijo en quien Dios Padre quiso manifestar al mundo lo que realmente cuenta. 

No podemos dar por descontado que nuestros contemporáneos han oído hablar de Dios, no pensemos fácilmente que rechazan a Dios, porque tal vez rechacen a un Dios en el que nosotros tampoco creemos.  

Al plantearnos la urgencia del anuncio de Cristo como denuncia en nuestro mundo de aquellas “nuevas doctrinas”, no podemos olvidar nuestra condición de llamados a evangelizar, más que haciendo, siendo en Cristo; pues la novedad de Cristo tiene que irrumpir en nuestra vida, ya que sólo así podremos anunciarlo: “El que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (“Cor 5,17)

Hermanos, el vivir en Cristo, el ser de Cristo, es lo que hará que no solo nuestras predicaciones comuniquen la alegría de haber encontrado al Señor, sino que,  nuestro testimonio convenza y que nuestras obras evidencien la presencia de Dios en la vida de todos los hombres; porque anunciar a Cristo no es sólo hablar de Él, sino hacerlo ver (Cfr. NMI,16). 

El vivir en Cristo, el ser de Cristo es la única manera de ser y de vivir, porque nos impide hablar de Dios fuera de la historia. En nuestro tiempo, sumergido en una crisis de sentido, es urgente mirar y contemplar este misterio cristiano. Es a la luz de este misterio que cobra vigor la promesa esperanzadora del Apocalipsis: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva…Y oí una voz que decía: esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado. (Ap  21,1-4). 

Vivir en Cristo y ser de Cristo nos mantiene continuamente despiertos, nos mantiene vigilantes. Nos hace sensibles a los signos de la vida, incluso cuando están ocultos en una realidad de muerte; nos lleva a valorar eso que es insignificante, pero donde quizás hay un germen de vida.  

Descubrir los signos de Dios, en nuestro mundo, en nuestra historia, ciertamente no es fácil , porque el camino que Dios nos ha enseñado y al cual nos ha llamado exige “Dejar atrás nuestra condición”, dejar atrás nuestras seguridades” como nos lo manifestó en su Hijo, que no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo (Flp 2,5-7). 

Es esencial que tengamos claro que hemos recibido una llamada de Dios. Es El quien envía, es el quien nos elige para anunciar que Jesús vive y pueda ser reconocido en la Iglesia, en el mundo, en la historia, a pesar de la Iglesia, de la realidad del mundo y de la historia del hombre, marcada por los obstáculos para la renovación de una vida en Cristo. 

Hermanos: pasos se han dado, y bastantes, pero parece que la caminada de la historia del mundo es más acelerada, esto, es lo que nos apremia a dar razón de lo que somos en medio del contexto en el que vivimos, o de los contextos en los que vivimos, porque no todos son iguales a pesar de sus constantes. 

Respuestas han sido dadas, de hecho descubrir la necesidad de renovar nuestra vida Agustiniana, marca un hito frente a la realidad que exige este tipo de respuestas. Nuestra Espiritualidad, como “Ventana abierta sobre el evangelio”, como actitud interior permanente del Espíritu y de la mente, nos permite entender los signos de los tiempos, escuchar el llamado de Dios en ellos y observar las necesidades de nuestro pequeño entorno comunitario, para dar respuesta a los grandes retos del mundo. 

El esfuerzo por una auténtica renovación es hoy necesario. Y, aunque no es fácil es posible. Nuestro patrimonio humano y espiritual nos capacita para el desafío. Tomemos conciencia de lo que se ha hecho, de lo que se hace  y de lo que queda por hacer, sigamos caminando dejándonos interpelar por las palabras de Nuestro Santo Padre Agustín “Avancemos, hermanos míos,  examinémonos honestamente una y otra vez. Pongámonos a prueba. No nos sintamos nunca satisfechos, pues corremos el riesgo de estancarnos” (Cfr. S.169). [2]


 

[1] JUAN XXIII, Discurso en el acto inaugural del concilio Ecuménico Vaticano II, 11de Octubre de 1962.

[2] ORDEN DE SAN AGUSTÍN. Capítulo General 2007. Instrumentum laboris.