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Homilía del 10 de septiembre
San Nicolás de Tolentino



Él fue un simple religioso. No tuvo gran educación ni una cultura sobresaliente. No tenía ni mañas ni pretensiones. Su hábito agustino seguramente estaría sucio y un poco gastado. Parece que estaba siempre ocupado fuera de su Convento mendigando comida para sus hermanos religiosos y para los pobres, distribuyendo esa comida y vestidos entre los pobres, visitando los enfermos y tratando de aliviarlos en sus sufrimientos, escuchando confesiones y dando consejos, acompañando a los que se habían alejado de la Iglesia.

Dentro del Convento y de su iglesia, intentaba constantemente cumplir con todos sus compromisos religiosos. Ocupó su lugar y tarea en el Coro y en la Misa Conventual. Se lo podía encontrar frecuentemente meditando y contemplando. Siempre dedicado a las tareas comunitarias.

Desde una cierta perspectiva, el Padre Nicolás fue muy ‘ordinario’. Desde un punto de vista mundano, había muy poco de especial en él. Era un simple fraile. Desde otra perspectiva, sin embargo, el P. Nicolás era muy especial. Su santidad era evidente, su sinceridad era genuina, su dedicación a los otros era magnánima. Lo veían como un gran confesor y consejero. Amaban sus homilías porque hablaba con cristalino candor sobre las cosas de Dios, hablaba desde su propia experiencia de Dios. El tiempo se fue encargando de hacer conocer su poder milagroso de curar el cuerpo y el alma.

En su vida privada, el P. Nicolás fue un hombre de su tiempo. El creía que tanto el cuerpo como el alma bebían tener un entrenamiento para convertirse en obedientes siervos de la voluntad de Dios. Ayunaba hasta casi perder las fuerzas necesarias para cumplir con su trabajo. Usaba el cilicio casi hasta la tortura. Hizo todo lo que la sabiduría del tiempo indicaba se debía hacer para purificar su manera de centrarse en Dios y dedicarse a Él. La oración y el servicio a los otros fue la forma de expresión de focalizarse y dedicarse a Dios.

¿Y nosotros? Podemos ser simples frailes o no serlo. Podemos tener un alto nivel de educación. Tal vez seamos autoridades en teología, derecho u otras ciencias. Tal vez tengamos altas posiciones en instituciones o en la Iglesia. Pero tal vez seamos muy diferentes a Nicolás.

De todas formas, cada uno de nosotros que hemos sido llamados a la vida agustiniana debemos seguir cuidando esa tarea sin final, que es la purificación de nuestra dedicación a Dios. Cada uno de nosotros debemos seguir trabajando para ser más plenamente honestos, recuperar la frescura primera y conseguir llegar a ser uno con Jesús. Nuestro objetivo es llegar al punto, como San Pablo, de poder decir “no soy yo quien vive, sino es Cristo quien vive en mí”.
A medida que nuestra mirada se hace cada vez más clara, nos expresamos más fervientemente en la oración (litúrgica y contemplativa) y nos dedicamos personalmente más plenamente a las necesidades de los otros.

San Nicolás de Tolentino fue canonizado por el papa Eugenio IV, ciento cuarenta años después de su muerte. Nicolás fue el primer miembro de la Orden a ser canonizado. Es un modelo válido y un ejemplo para todos nosotros, tal vez no en sus ayunos y castigos, pero si en el propósito de prácticas de purificación. Sin duda es un ejemplo en su vida de oración y de varios ministerios.

Hoy estamos reunidos aquí, de todas partes del mundo. Somos fruto y representantes de numerosas culturas, estilos de vida y ministerios. Pero somos todos agustinos dedicados personalmente con un solo corazón, en comunión con el Señor Jesús. Estamos comprometidos a ayudarnos mutuamente para lograr la Comunión. Y estamos comprometidos a rezar y servir con la energía que surge de la Comunión.


David L. Brecht, O.S.A.