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HOMILÍA

MIÉRCOLES  XXII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO

5 de septiembre de 2007


·        Primera lectura: Col 1,1-8

·        Evangelio: Lc 4,38-44

Queridos hermanos: 

El Concilio Vaticano II nos recuerda que la tarea evangelizadora está indisolublemente unida a la vivencia de la fe cristiana (cf. AG 23). En efecto, el discípulo de Cristo debe dar testimonio con su palabra, con sus obras y sobre todo con su vida de la Buena Noticia, la Palabra de Salvación, la Felicidad Infinita que Dios nos regala. 

Ahora bien, ¿es adecuada nuestra presencia en el mundo como cristianos y como religiosos? ¿Somos cauce a través del cual Dios pronuncia su palabra de esperanza en una época donde se multiplican los signos de angustia? ¿Somos de verdad testigos de la Vida y expresión de su auténtico sentido frente a quienes proclaman el absurdo y el sinsentido de la existencia? ¿Somos Evangelio? ¿O, por el contrario, realizamos muchas actividades, trazamos numerosos planes, asistimos a innumerables reuniones, que se resuelven, al final, en humo y vacío? 

San Pablo alaba a los cristianos de Colosas por la fe que muestran en Cristo Jesús y por el amor que tienen a todo el pueblo santo, de modo que el mensaje de la verdad puede llegar al mundo entero. Fijémonos bien: Pablo elogia la fe en Cristo que se resuelve en el amor al hermano. En efecto, el elemento central de la vida cristiana es el encuentro personal con Cristo y este encuentro es un encuentro de amor que nos vincula a los hermanos como miembros de la gran familia de los hijos de Dios, dando sentido a nuestro apostolado. No somos anunciadores de una idea, ni activistas sociales, ni líderes políticos: somos testigos de una persona, que es Cristo: persona viva y actuante. Así, el cristianismo, en su realidad más honda y verdadera, es un acontecimiento único que nace de un encuentro, como ha explicado bellamente el papa Benedicto XVI (cf. Deus caritas est 1). Por eso sólo puede evangelizar quien “está” con Jesús y entabla con él una relación personal. De este modo la evangelización es el anuncio y el testimonio, de lo que uno experimenta en la propia vida y una asequible invitación a los demás para que participen en esa comunión de amor. 

Los rasgos de este encuentro con personal Cristo y las condiciones que lo posibilitan aparecen admirablemente sintetizados en el pasaje evangélico que acabamos de escuchar (cf. Lc 4,38-44).  Podemos destacar varios aspectos principales. 

1. El encuentro con Cristo tiene lugar en la vida diaria. La “casa” de Simón en la que entra Jesús expresa el ámbito de lo cotidiano, de lo habitual, de lo aparentemente sin historia pero que en realidad forma el imprescindible soporte que sustenta toda una vida. No busquemos momentos espectaculares, no pensemos que el Señor está más presente en los truenos del Sinaí que en la tranquilidad del Lago, no entendamos nuestra relación con el Señor como una sucesión de momentos emotivos y refulgentes, pero encerrados en la falsedad y desconectados con la vida. Jesús entra en casa de Simón. Es él quien viene a nosotros y el encuentro sólo es posible en la sencillez de la propia existencia. Por tanto, tengamos la valentía necesaria para hacer grandes las cosas pequeñas, para llenar de sentido las opciones cotidianas y para cuidar con atención la fidelidad y la perseverancia. 

2. Unirnos a Cristo significa ser transformados por él, ser regenerados. En efecto, Jesús cura la fiebre de la suegra de Pedro y sana a los enfermos que acuden a él con todo tipo de dolencias. La relación con Cristo no es indiferente o neutra, sino que siempre es salvífica. Por eso la respuesta a los problemas que podamos tener como individuos o como grupo no está en la redacción de planes confusos y crecientemente complicados, ni en las habilidades meramente humanas, ni en las decisiones voluntaristas. Sino en la constatación humilde de nuestros problemas, en el ferviente deseo de ser sanados y en la incondicional confianza en aquel que es el verdadero y único médico capaz de comunicar nuevos impulsos de vida. 

3. El encuentro con Cristo suscita el compromiso apostólico y motiva el servicio a la Iglesia. La suegra de Pedro, curada de su fiebre, no permanece pasiva, sino que inmediatamente se pone a servirles. ¿Cómo podemos permanecer indiferentes cuando se nos dona la alegría? ¿Cómo sentirnos solos y abandonados cuando (impensable maravilla) somos hijos en el Hijo y miembros de la gran familia de Dios? ¿Cómo resignarnos a las sombras de la muerte si estamos unidos al Resucitado? Sólo en el amor se conoce y se experimenta a Cristo. Y esta experiencia de amor, que constituye la clave de la vida cristiana, nos confiere un extraordinario dinamismo, nos impulsa más allá de las fronteras interiores y exteriores, nos hace de verdad apóstoles, evangelizadores y testigos no sólo eficaces sino también creíbles. 

Queridos hermanos: san Pablo, en la Carta a los Colosenses, nos recuerda que la Buena Noticia, el mensaje de la verdad, resplandece en el amor fraterno (cf. Col 1,4).  Y san Agustín insiste en que “no hay peldaño más seguro para subir al amor de Dios que la cari­dad del hombre con sus semejantes” (Costumbres de la Iglesia católica 1,26,49). O dicho con una frase más rotunda: “Nadie se forje ilusiones de poder llegar a la felicidad, ni a Dios si desprecia a su prójimo” (Ibid. 1,26,51). Y es que el camino de Dios pasa necesariamente por el camino del hermano. Porque Cristo sufre en él, Cristo necesita en él, Cristo se identifica con él. El hermano es la pregunta, el grito, el cuestionamiento en Dios y a Dios. Y cada uno de nosotros es la única e imperecedera respuesta divina. 

El encuentro con Cristo nos lleva así al encuentro con el prójimo, nos vincula a nuestros semejantes en el amor. Nos hace comunidad, nos hace Orden, nos hace Iglesia, más allá de los documentos, de los certificados y de los títulos. Esto es lo que significamos, lo que celebramos y lo que vivimos en la Eucaristía, sacramento de caridad, cuando comemos un mismo pan y bebemos un mismo cáliz para que todos tengan vida y la tengan abundante. El ansia del corazón queda entonces saciado, las preguntas contestadas y los enigmas resueltos, superadas ya las variaciones del tiempo y del espacio y la fragilidad característica del ser humano. 

Por eso hoy, cuando se cumplen 25 años de mi primera profesión en la Orden de San Agustín, doy gracias a Dios con toda el alma por los innumerables signos de su amor en este tiempo de gracia. Quisiera que tanto Dios como mis hermanos agustinos perdonasen la pobreza de mi respuesta, tan deficiente. Y, al tiempo que manifiesto mi profunda alegría por el inmerecido regalo de la vocación, os pido a todos vuestra ayuda para hacer realidad ese anticipo de cielo que es tener con vosotros una sola alma y un solo corazón in Deum. Que así sea.

Luis Marín de San Martín